La originalidad, singularidad y la innovación de Rodrigo Llanes se plasman en sus platillos, creaciones únicas y exquisitas.
Rodrigo Llanes Castro nació en la ciudad de México un 21 de febrero de 1973, es historiador por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), su tesis se tituló “Conquista a la carta. La empresa de conquista de la <nueva España a través de la alimentación”. Su pasión por las artes culinarias se ha desarrollado y perfeccionado en varias instituciones de educación culinaria del mundo.
Ha destacado en el mundo culinario mexicano desde hace varios años, su cocina se caracteriza por ser un derroche de imaginación, trabajo, provocación y un talento innato.
La idea de este espacio es compartir con ustedes las reflexiones que han derivado de conocer la Historia y la comida de nuestro país.
Estoy cocinando un capítulo especial dedicado a la Mesoamérica precolombina. Sin embargo, decidí comenzar con lo mas picante de nuestro pasado: la conquista. Espero que este espacio, ayude a digerir tan complejo platillo.
Cometamos en nuestra entrega anterior, que los españoles lograron ser alimentados por los Totonacos a cambio de la promesa de poder frente al opresor. Para ellos, esta cuestión fue estratégica. Además de asegurarles la subsistencia, les significó una representatividad absoluta en la tierra frente a las otras expediciones españolas. Pongo el ejemplo de la expedición de Francisco de Garay que navegaba cerca del Pánuco. Cuando los indígenas vieron los navíos le informaron a Cortés que "estaban en otro río, lejos de ahí hasta cinco o seis jornadas, luego le piden "que les hiciese saber si eran de mi naturaleza los que en ellos venían, porque les darían lo que hubiesen menester, y que les habían llevado ciertas mujeres y gallinas y otras cosas de comer".
Pero el estómago y la memoria emocional vinculada a él, son débiles. Traicionan nuestras más elevadas ambiciones. El verdadero conquistador debió renunciar momentáneamente a esos recuerdos de aromas y sabores oriundos de su tierra.
A este propósito vale la pena mencionar, en el capítulo de la llegada de Narváez, lo acontecido con los soldados que Cortés había mandado a buscar las minas. Los cuales, al ver una armada española en el mar, se acercaron a ver quiénes eran, y subieron a uno de los navíos. En un acto fanfarrón, Narváez "liberó" a los soldados del yugo de Cortés, diciendo que él era ahora el capitán. "Y como comían con el Narváez y bebían vino, y hartos de beber demasiado vino estabanse diciendo los unos a los otros delante del mismo general: mira si es mejor estar aquí bebiendo buen vino que no cautivo en poder de Cortés, que nos traía de noche y de día tan avasallados que no osábamos hablar, y aguardando de un día a otro la muerte al ojo".
Nostalgia por la Rioja y por la Ribera del Duero. Yo también la tendría. Capaz que con una bodega de toneles de vino, Narváez hubiera ganado la voluntad de todos los españoles y la historia sería otra.
Fuera de bromas, es un hecho de nuestro tema que obliga a la reflexión. Vemos a unos soldados cuestionándose su empresa de conquista al beber algunas copas de vino. Nostalgia por una España lejana, que alivia las penas cotidianas y la sed con "sangre de Cristo." Añoranza indispensable para lograr el proceso civilizatorio que iniciaran los españoles en América. Pues estos estuvieron dispuestos a construir en el nuevo territorio una vida acorde a su bagaje histórico, a sus gustos, a sus costumbres. Pero que inevitablemente habrán de incorporar todas las influencias fecundas de esta tierra.
Fué frecuente en esos primeros momentos, que los españoles llegaran a poblados abandonados por el temor y la desconfianza a su presencia. Causando la desazón de los conquistadores, pues pueblos vacíos significaban que no habría que cenar.
Por lo mismo, un vínculo fundamental con esos pueblos se dio también a partir de la comida. Cuenta Bernal Díaz del Castillo como Pedro de Alvarado trataba de cazar un venado "y estando en esto vimos venir doce indios que eran vecinos de aquellas estancias donde habíamos dormido (y que no hubo que cenar), y venían de hablar a su cacique, y traían gallinas y pan de maíz, y dijeron a Cortés con nuestras lenguas que su señor envía aquellas gallinas que comiésemos, y nos rogaba fuésemos a su pueblo".
Qué barato les salía a los totonacos y cepoaltecas su alianza con esos extraños, quizás dioses, que venían del mar por el poniente y que conquistarían, meses más tarde, la ciudad de Tenochtitlan: tortillas y guajolotes a cambio de poder frente al opresor. Pero en el fondo: qué humano proceso de convivencia. Dos humanidades distintas comulgando a través de compartir los sagrados alimentos.
Afortunadamente esa actitud de hospitalidad la conserva nuestro pueblo hoy en día.
Pero después de la comida, de postre la política. Vemos al cacique gordo de Cempoala quejándose de Moctezuma y sus gobernadores con Cortés, diciéndole que "les tiene tan apremiados que no osan hacer sino lo que les manda". Reclamos con los que Cortés fue tejiendo sus alianzas en contra de Tenochtitlan. Estos gestos de escucha atento, y de ofrecerse como alternativa a la tiranía, siempre le fueron recompensados con un suministro eficaz de alimentos y mano de obra por parte de los indígenas.
Para los españoles todo ello implicó un cambio de hábitos alimenticios. No es lo mismo conquistar las Antillas acompañados de tocinos, pan y vino, que adentrarse en un territorio a expensas de encontrar otro tipo de alimentos. En este punto vemos a los conquistadores conquistados, no con armas, mediante una lucha, sino con tacos, guajolotes y frutas. Un ejemplo bellísimo lo ofrece Bernal y las ciruelas: "cada uno llevó una carguilla de ciruelas a cuestas que en aquella sazón era tiempo dellas (...) e que les dió por las ciruelas un sartalejo de cuentas amarillas".
Una conquista gastronómica que los volvió más poderosos frente a otros españoles. No por los estimulantes del cacao o del chile, sino porque supuso el apoderamiento de la tierra a través de sus frutos.
El estudio de la conquista militar de México no puede soslayar el aspecto más básico de la condición humana: el comer. No por un interés meramente anecdótico que resuelva el enigma de qué comían los conquistadores; creo que tal cuestión ni siquiera nos interesaría a los gastrónomos, pues sabemos que en ese mismo momento histórico había mejores mesas dignas de la más refinada labor culinaria, como los banquetes de Moctezuma.
Lo que verdaderamente me interesa del fenómeno alimenticio, es la relación económica y política que conlleva suministrar alimentos a un ejército en plena campaña y en un territorio desconocido. Los alimentos cuestan, luego entonces alguien debió pagarlos y por razones especificas. Debemos entender que los alimentos no son un problema cuando los tenemos, cuando los podemos conservar y cuando los podemos trasladar a nuestra conveniencia. Si esto no sucede, la alimentación se vuelve el problema prioritario que hay que resolver.
Para los conquistadores el episodio de la primera búsqueda, resultó en mi concepto, uno de los choques culturales más sorprendentes: estando hambrientos, pues Bernal nos dice "en el real pasábamos mucha necesidad" , Alvarado y sus hombres "habían hallado en todos los más de aquellos cuerpos muertos sin brazos y sin piernas, e que dijeron otros indios que los habían llevado para comer, de lo cual nuestros soldados se admiraron mucho de tan grandes crueldades".
Una cultura omnívora enfrentada a la antropofagia. ¿Problema de gustos? No solo eso, un sin fin de argumentos ideológicos, sin duda discutibles hoy en día, pero en el fondo: dos economías de guerra con distintos recursos. ¿A qué me refiero? Al simple hecho de que mientras un español necesitaba tortillas, guajolotes y legumbres para su manutención, un mesoamericano en guerra se podía comer un "tamalito de guerrero" (entiéndase de guerrero enemigo y no del estado actual de Guerrero).
Para los españoles fue fundamental atraerse esos suministros para seguir andando. Por ello buscaron siempre plantear una negociación pacífica con los pueblos que fueron encontrando en su camino hacia Tenochtitlan.